María Custodia Ortiz Ortiz es una escritora marmateña que dedica gran parte de su tiempo como jubilada del magisterio a cumplir una especial tarea.  Ella en sus seis libros publicados ha hecho un insólito esfuerzo de fijar en papel una tradición oral expuesta a perderse, dejando a su comunidad carente de un pasado y de una memoria.

La actividad económica de Marmato no es una actividad cualquiera: el oro embarga toda la atención de sus habitantes, dejando muy poco espacio para la escritura o la historia. Ella, como un poeta de la antigüedad, capta y plasma lo que ese pueblo vivió en las últimas diez décadas.

En su último libro “El retratista de mi padre”, hace una recopilación de acontecimientos acontecidos alrededor de varias generaciones de su parentela, centrando su mirada en la familia. Con intuición de poeta, ella sabe qué temas abordar y qué orden darle. Empieza con los nombres de las parcelas y minas, haciendo un inventario detallado, fijando su mirada de minera porque no es propiamente el paisaje que resalta, sino las rocas, o sea la materia prima de la minería aurífera.

En los siguientes capítulos de este libro de 140 páginas, el tema es la familia y sus integrantes; describe a grandes y a chicos, su desempeño en el colegio, sus enfermedades y los oficios que desempeñaron, tratando de darle una estructura a esa memoria tan esquiva por compleja, porque no solo se trata de recordar, sino de convertirla en relato que no solamente sea leído por los integrantes del clan Ortiz y alcance un público amplio en Marmato.

María Custodia sabe muy bien el valor del libro, porque lo convierte al libro en caja fuerte, donde se agrupan y se protegen los grandes valores. Sabe ella que, una vez éste sea publicado un libro, nadie podrá hacer desaparecer lo que ella dejó dentro de él. Ella sabe que lo que plasmó en sus páginas de sus libros queda a buen recaudo y disponible para generaciones venideras.

Esta este libro ilustrado con varias fotos antiguas muy bien restauradas, así como otras imágenes producidas con inteligencia artificial que le dan al libro un vistoso aire de finamente elaborado o de álbum familiar, acentuando de forma elegante el propósito de mostrar esos famosos retratos de los Ortiz de Marmato.

Esa persistencia y dedicación benedictina de esta escritora asombra y que ha dotado a su pueblo natal de una serie de libros que recoge un pasado, así como lo vio y vivió una mujer.

Al decir que esa labor es ejemplar por el tema y la dedicación, fuera de señalar que ella financia todo ese proyecto, se corre el riesgo de quedarse corto, porque sería un genial sueño pensar que más caldenses se pusieran en esa ardua y altamente gratificante labor de mirarse a sí mismos y de oír las voces de la familia y convertir todos eso en libros, mismos  que construimos los seres humanos civilidad.

Si quisiéramos hablar en términos mineros, se podría decir que ella aportó una gran cantidad de “material” que queda en manos de los lectores para que, por medio de la lectura, lo “muela”, y extraiga su brillante y valioso contenido.

Pedro Felipe Hoyos Körbel