Por: Zoxima Mayerly Solís Perea
Recientemente me enteré de la noticia sobre el triunfo de la selección colombiana de fútbol sub-17. No puedo negar la felicidad que me causó; me sentí conmovida mientras entrevistaban a niños, cuyos relatos enaltecían a los jugadores. Los niños lucían deslumbrados y expresaban que querían ser iguales a sus nuevos ídolos.
Entonces, me imaginé un escenario muy similar en el mundo de la literatura. Un escenario en donde los niños abrazan la palabra con toda su fuerza, para resguardar en ella aquello que les duele y a la vez los sostiene: el amor, la esperanza y los sueños.
Quizás te preguntarás si el ejercicio de escribir tiene un propósito, y te afirmo que lo tiene. Su propósito consiste en encontrar belleza en una llaga o en una herida, en transitar en un estado donde el encuentro contigo mismo es inevitable, pues calla la razón y alza la voz el corazón. Escribir ya no sería un ejercicio meramente automático: chatear, publicar, formular preguntas, etc., se aboca a un momento de completa intimidad; aprendes a conocerte, a investigar en tu pasado, inmortalizar tu presente y profetizar tu futuro.
Imagínate en un torbellino de emociones que entran en conflicto entre sí y que, como si las palabras fueran pinzas, con toda delicadeza, te ayudan a ordenarlas y a entender lo que sientes.
Por esta razón, yo, que he recorrido este proceso y también he experimentado la soledad, que me he sentido pequeña e incluso me ha incomodado mi propio cuerpo, quisiera que no te detengas: que plasmes en un papel aquello que intenta destruirte, que te enferma, pues justo allí pierde toda fuerza. Y si, por el contrario, tienes sueños, objetivos y aspiraciones, escríbelos; verás que con el tiempo serán como un ancla para recordar y, por consiguiente, traza una ruta para llegar a materializarlos.
Lo grandioso de la escritura es que carece de fronteras. Es como emprender un viaje ajeno a las reglas de la sociedad: escribes desde tus impulsos y tus deseos, sobre lo que imaginas y sobre los hechos, exploras tu consciencia y tu cuerpo. Haz de cuenta que estás en una conversación contigo mismo en la que no temes ser rechazado o juzgado por lo que sientes o piensas; todo lo contrario, te comprendes, te motiva, es como si recibieras una palmada en tu espalda.
Por ejemplo, yo escribo poesía, y siento que a través de ella tengo una libertad que no me la ha dado ningún otro oficio en mi vida. Se trata de hilar palabras que responden a lo que quiero comunicar, sin pretensión de impresionar a nadie, ni siquiera a mí misma, solo busco escucharme. No existe nada más revelador y sincero que eso. Así que, si alguna vez has pensado en escribir o ya lo estás haciendo, te prometo que es el mejor regalo que puedes darte.