Considero que escribir es un acto simple y casi mecánico que hacemos a diario. Escribimos para enviar un mensaje por WhatsApp, para comentar una publicación e incluso para dar indicaciones sobre un trabajo. Se trata de comunicar nuestras intenciones, sentimientos, expectativas o de plasmar un pensamiento.

Sin embargo, a veces siento que, en medio de la cotidianidad de escribir, nos perdemos de algo muy valioso. Así es: se nos escapa, entre el ejercicio mecánico de nuestros dedos, esa magia, esa vida que creamos al ordenar las letras y convertirlas en palabras. De hecho, la palabra tiene tanto poder que muchas veces nos salva. En resumen, La palabra salva. Esta frase da título al libro de Pedro Felipe Hoyos, una obra escrita por Natalia Giraldo y Alexander García.

La presentación de este libro tuvo lugar el 18 de septiembre de 2026 en el municipio de Supía, Caldas. Un evento que no solo marcó un antes y un después en la vida de sus autores, sino que también dejó una huella en la mía. Y no me refiero precisamente a un sentido dramático, sino a uno profundamente íntimo.

Bueno, ustedes se preguntarán qué de íntimo puede tener para mí haber estado presente en el lanzamiento del libro La palabra salva. La respuesta es sencilla.

Fue un encuentro que sacudió mis expectativas sobre el mundo de la literatura, en el sentido de que un ejercicio íntimo, impulsado por motivaciones diversas en sus autores, puede engrandecer la creación literaria. Un libro concebido para sostenerse en la palma de una mano es capaz de crecer cada vez que se abre y se recorren sus páginas.

 

Esa misma sensación de crecimiento estuvo presente durante el lanzamiento, en el cual, a través de un acto protocolario organizado por la escritora Luz Adriana Ortiz, pareció congregarse el corazón mismo del municipio: ese corazón colmado de conocimiento, cultura, sensibilidad y sentido de pertenencia. Así, La palabra salva tejió un puente entre la palabra escrita y la palabra vivida; entre los sueños de sus escritores y el orgullo de sus familiares, entre el talento que se enmudece por el miedo y la oportunidad de sentirse inspirado.

 

De esta manera, puedo afirmar que me alegró haber recorrido las calles del municipio con el único propósito de ser testigo de un acontecimiento que resumía la esencia de su gente: autenticidad y amor por su tierra. Una celebración que me recordó que se puede ser grande sin importar cuántos techos parezcan interponerse en el camino con la intención de empequeñecernos. En efecto, ese fue para mí el aprendizaje más importante de la jornada: comprender que, en medio de nuestras particularidades como seres humanos, somos capaces de alcanzar aquello que anhelamos.

En fin, fui feliz ese día y estoy muy agradecida por haber vivido aquella experiencia. Como persona foránea, es muy grato compartir espacios de crecimiento cultural con personas con talento y convicción en lo que hacen. Espero contagiarme de esa actitud arrolladora, sencilla y cálida que tanto las caracteriza.

 

 

Mayerly Solís Perea