Por: Yurleidy Gamboa Mena

No supe que era una mujer negra hasta que dejé de vivir en la orilla del Atrato, ese río que arrulló mi infancia con el rumor constante de sus aguas y que, en su eterno recorrido, parecía cantar día y noche a quienes habitábamos sus riberas.

Allí, donde el color de la piel jamás determinó el valor de una persona, nadie necesitaba decirnos quiénes éramos. Bastaba con ser humanos. Nuestra humanidad era suficiente para existir, pertenecer, aportar y ser reconocidos como parte indispensable de la comunidad.

Hoy comprendo que el Atrato hacía mucho más que recorrer un territorio: cada amanecer nos nombraba. Lo hacía con un murmullo casi musical, tan delicado como un susurro, el mismo con el que despertaban los árboles, las aves y la vida cotidiana que florecía en sus orillas.

Mi infancia tuvo el verde intenso de la tierra después de la lluvia y el sonido profundo del agua acariciando lentamente las riberas. Crecí en Negua, una pequeña comunidad donde el tiempo aprendía a caminar al ritmo del río y donde la vida cabía entera en un mismo hogar. Abuelos, bisabuelos, tíos, primos, hermanos y vecinos compartían el calor de un gran salón cuyo centro estaba ocupado por un fogón de leña de brasas siempre encendidas.

A su alrededor descansaban el barretón, la batea, el canalete y las demás herramientas que acompañaban las jornadas de minería artesanal, pesca y cultivo. Pero, sobre todo, allí habitaban las historias.

Cada tarde, mientras el café terminaba de hervir, las abuelas dejaban caer sus palabras una a una. Con sus cabellos blancos, sus voces pausadas y la autoridad que solo concede el tiempo, iban sembrando enseñanzas cargadas de memoria, ancestralidad y cultura.

Nunca pensé que aquella infancia fuera extraordinaria.

Era, sencillamente, la vida.

Crecí viendo a mi madre cocinar sobre el fogón de leña mientras entonaba los arrullos que había aprendido de mi abuela y que, seguramente, ella también había heredado de la suya. Con los años entendí que aquellas canciones no solo acompañaban la preparación de los alimentos; también mantenían despierta la memoria de un pueblo.

Cada melodía era un ingrediente invisible que alimentaba el alma. Era enseñanza, refugio y ternura. Arrullaba a los más pequeños mientras iba depositando, casi sin que lo notáramos, una herencia que entonces yo era demasiado niña para comprender.

Mi abuela contaba historias como quien desgrana una mazorca: sin prisa, con paciencia y sin necesidad de libros.

Nunca aprendió a escribir, pero jamás le hizo falta para enseñarme que la memoria tiene piernas y puede caminar de boca en boca durante generaciones enteras.

Hablaba de sus mayores como si aún estuvieran sentados junto a ella o descansaran bajo la sombra del viejo árbol de pichindé que crecía detrás de su casa. Yo la escuchaba convencida de que todas las abuelas del mundo conversaban con quienes ya no estaban, con la misma naturalidad con la que se conversa con un vecino.

En Negua nadie me enseñó que era negra.

Me enseñaron algo mucho más importante: que era humana.

Y esa humanidad me permitía ser, pertenecer y aportar en igualdad de condiciones con cualquier otra persona. Comprendí que pertenecer no significaba únicamente formar parte de una comunidad, sino experimentar una de las formas más antiguas y profundas de la felicidad.

Fue necesario abandonar el río para descubrir que existían lugares donde algunas personas miraban primero el color de mi piel y solo después mi rostro.

En el interior del país comprendí que había una palabra que, en mi tierra, nunca necesitó cargar el peso del desprecio. Allí, “negra” o “negro” era apenas un adjetivo, una manera sencilla de nombrar el color de una piel, de una fruta madura o de la noche cuando cae sobre el río. Jamás fue utilizada para disminuir la dignidad de una persona, para señalar una supuesta inferioridad o para reducir el valor de una vida.

Entonces comprendí que existen lugares donde el color deja de ser paisaje para convertirse en frontera.

Aquella revelación inició en mí un profundo proceso de reconstrucción personal. Fue un camino doloroso, pero también transformador. Aprendí que crecer no siempre significa avanzar; a veces también implica desaprender aquello que creíamos universal. Descubrí que no todas las infancias conocen la tranquilidad de sentirse suficientes y que hay quienes aprenden demasiado pronto a justificar su existencia.

Durante mucho tiempo cargué en silencio el peso de esas experiencias. Sin embargo, nunca sentí que aquella palabra pesara tanto como el día en que comenzó a aparecer en la voz de mis propios hijos.

Recuerdo sus preguntas como si todavía las escuchara.

—Mamá, ¿por qué es malo ser negro?

—¿Qué tengo que hacer para dejar de ser negro?

—¿Por qué dicen que los negros solo servimos para cargar bultos?

—¿Por qué no puedo ser astronauta, médico o futbolista por ser negro?

Cada pregunta atravesaba mi corazón con una fuerza difícil de explicar.

Mi razón encontraba respuestas claras. Sabía que ninguna de aquellas afirmaciones era cierta. Sabía que la dignidad de una persona jamás depende del color de su piel. Pero responder como madre era mucho más difícil que responder desde la razón.

Porque hay preguntas que ningún niño debería tener que formular.

Y hay respuestas que ninguna madre quisiera verse obligada a pronunciar.

Cuando nacieron mis hijos intenté regalarles la misma infancia que el Atrato me había regalado a mí.

Les conté las historias que escuché de labios de mi abuela. Les canté los arrullos que mi madre entonaba mientras cocinaba frente al fogón de leña. Aprendí a peinar con paciencia sus cabellos afro, del mismo modo en que mi madre peinó los míos, convirtiendo ese gesto cotidiano en un acto silencioso de amor y de reconocimiento.

Quise que primero conocieran la belleza de su herencia y solo después la dureza del mundo.

Porque estoy convencida de que un niño debería aprender antes el orgullo que el miedo.

Sin embargo, un día el miedo llegó demasiado temprano.

No apareció con grandes discursos ni con gestos evidentes.

Llegó disfrazado de risas.

De bromas.

De comentarios que algunos adultos llaman “cosas de niños”.

Y dejó sobre los hombros de mis hijos una pregunta que ninguna infancia debería cargar:

¿Por qué, por ser negro, no soy igual a los demás niños?

Ese día comprendí que el racismo tiene la dolorosa costumbre de intentar romper el primer espejo en el que un niño aprende a descubrirse hermoso.

También comprendí otra verdad, quizás la más difícil de aceptar como madre: no podemos impedir que el mundo exista tal como es.

Y reconocer ese límite abre grietas profundas en el alma.

Duele no poder proteger a los hijos de todas las injusticias.

Duele no poder sembrar empatía en cada aula, en cada patio de recreo, en cada conversación.

Duele descubrir que alguien puede intentar convencerlos de que valen menos.

Pero, al mismo tiempo, nace una responsabilidad inmensa: fortalecer en ellos la certeza de que su dignidad jamás dependerá de la mirada ajena.

Durante mucho tiempo vi regresar a mis hijos de la escuela con heridas que no siempre podían verse.

Había días en los que llegaban con algún golpe en el cuerpo. Otros, los más difíciles, regresaban con el corazón herido por palabras que no alcanzaban a comprender. Palabras pronunciadas por otros niños, pero aprendidas de un mundo que todavía no ha terminado de reconocer la dignidad de todas las personas.

Yo los veía intentar entender aquello que para mí resultaba incomprensible.

¿Cómo explicarle a un niño que alguien puede despreciarlo por el color de su piel?

¿Cómo convencerlo de que el problema nunca ha estado en él, sino en las ideas equivocadas que otros han heredado?

Como madre, sentí impotencia.

Una impotencia profunda, silenciosa, de esas que no hacen ruido, pero desgastan el alma.

Comprendí que no podía controlar todo lo que ocurría fuera de casa. No podía decidir las palabras que otros elegirían ni impedir cada acto de discriminación que mis hijos encontrarían en su camino.

Pero sí podía decidir qué raíces crecerían dentro de ellos.

Fue entonces cuando entendí que debía volver al río.

No con los pies.

Con la memoria.

Regresé a las tardes en las que mi madre cocinaba frente al fogón de leña mientras su voz llenaba la casa con los mismos arrullos que había aprendido de mi abuela.

Regresé a las historias que escuché una y otra vez sentada a sus pies, cuando todavía no imaginaba que aquellas palabras estaban construyendo el refugio al que volvería toda la vida.

Volví a escuchar la voz pausada de mi abuela, cargada de ancestralidad, de paciencia y de una sabiduría que nunca necesitó escribirse para permanecer viva.

Volví a sentir el olor de la leña húmeda.

El aroma del café recién hervido.

La tierra después de la lluvia.

El murmullo del Atrato acariciando las orillas.

Y comprendí que el río nunca había dejado de correr dentro de mí.

Entonces empecé a sembrar ese mismo río en el corazón de mis hijos.

Les enseñé que nadie necesita parecerse a otro para ser digno de amor.

Que la belleza no comienza en el espejo, sino en la historia que cada persona lleva consigo.

Que el color de nuestra piel no es una carga, sino la memoria viva de quienes caminaron antes que nosotros y nos hicieron posibles.

Descubrí que podía entregarles el Atrato como quien entrega un amuleto.

No para protegerlos del mundo, porque ninguna madre tiene ese poder, sino para recordarles quiénes son cuando el mundo intente convencerlos de lo contrario.

El Atrato hace algo extraordinario.

Nunca le pide permiso a las piedras para seguir siendo río.

Las rodea.

Las abraza.

Las vence con paciencia.

Y termina incorporándolas a su cauce para continuar su camino sin renunciar jamás a su naturaleza.

Entonces entendí que esa también debía ser nuestra manera de resistir.

No responder al desprecio con más desprecio.

No permitir que el odio definiera nuestra identidad.

Seguir avanzando con la serenidad de quien sabe de dónde viene y hacia dónde va.

Porque esa fue la herencia que recibí de las mujeres de mi familia.

Mujeres negras que hicieron de la oralidad una escuela, de la ternura una forma de resistencia y de la memoria un refugio para las nuevas generaciones.

Ellas me enseñaron que peinar el cabello de un hijo puede ser mucho más que un gesto cotidiano.

Puede ser una manera de decirle:

“Nunca olvides de dónde viene la belleza con la que llegaste al mundo.”

Puede ser una forma de recordarle que su humanidad jamás dependerá de la mirada de los demás, sino de la bondad de su corazón, de la dignidad con la que viva y del bien que sea capaz de sembrar en la vida de otros.

Y, mientras hacía todo aquello dentro de mi hogar, comprendí que estaba honrando la responsabilidad más grande que la maternidad me había confiado.

Con el tiempo entendí que el amor que habita un hogar, por inmenso que sea, no puede reemplazar la responsabilidad que le corresponde a la escuela.

La familia es el primer territorio donde un niño aprende a reconocerse. La escuela, en cambio, es el lugar donde descubre cómo será reconocido por el mundo.

Por eso educar no consiste únicamente en enseñar matemáticas, ciencias o lenguaje. Educar también es formar la manera en que una generación aprenderá a mirar a la otra.

Las aulas son, quizás, el lugar donde una sociedad comienza a escribir su futuro.

Allí los niños aprenden a leer y a sumar, pero también aprenden a respetar o a excluir, a escuchar o a burlarse, a reconocer la dignidad del otro o a negarla.

La manera en que una niña o un niño es mirado durante su infancia puede acompañarlo durante toda la vida.

En un país tan profundamente diverso como Colombia, donde convergen múltiples pueblos, culturas, lenguas y memorias, educar para la diversidad no debería entenderse como una actividad ocasional ni como una fecha más dentro del calendario escolar.

Educar para la diversidad significa reconocer que cada ser humano representa una historia irrepetible.

Que cada cultura amplía nuestra manera de comprender el mundo.

Que cada diferencia es una oportunidad para aprender y nunca una razón para excluir.

Significa comprender que toda palabra tiene consecuencias.

Que cada burla deja una huella.

Que cada silencio frente a una injusticia también educa.

Estoy convencida de que ningún niño nace odiando.

El odio se aprende.

Pero del mismo modo pueden aprenderse la empatía, el respeto, la compasión y la alegría de descubrir en el otro una riqueza y no una amenaza.

Por eso sigo creyendo en la educación.

No únicamente en aquella que ocurre dentro de un aula, sino también en la que sucede en una mesa familiar, alrededor de un fogón, en la voz de una abuela, en las manos de una madre que peinan con paciencia el cabello de sus hijos mientras les recuerdan, sin necesidad de grandes discursos, que son profundamente valiosos.

Sueño con el día en que ningún niño tenga que descubrir el color de su piel a través del desprecio.

Sueño con que pueda descubrirlo como yo lo hice.

Reflejado en las aguas del Atrato.

En la voz de una madre que cantaba mientras cocinaba.

En las historias de una abuela que convirtió la memoria en un lugar seguro para crecer.

Sueño con escuelas donde la diversidad no tenga que defenderse, porque sea celebrada con la misma naturalidad con la que un río abraza todas las aguas que llegan a él.

Sueño con un país donde ningún niño vuelva a preguntarle a su madre qué debe hacer para dejar de ser quien es.

Porque ningún niño debería sentir vergüenza de la historia que habita su piel.

Y ningún padre o madre debería tener que reconstruir, cada noche, la dignidad que el mundo intentó quebrar durante el día.

Hoy sé que el Atrato nunca dejó de nombrarme.

Sigue haciéndolo cada vez que cuento las historias de mi abuela.

Cada vez que peino el cabello de mis hijos.

Cada vez que les recuerdo que la belleza no empieza en los ojos de quien los mira, sino en la memoria que los sostiene.

El Atrato continúa corriendo dentro de mí.

Y mientras siga corriendo, también seguirá corriendo dentro de ellos.

Porque hay infancias que nacen junto a un río.

Y hay ríos que jamás abandonan a quienes un día aprendieron a llamarlos hogar.